A veces recuerdo con nostalgia aquellas tranquilas tardes de oficina...
Ir a recoger a Bea al colegio a las 16:50, aunque normalmente abran la puerta con retraso. Subir a su clase intentando evitar encontrarme con alguna madre con la que no me apetezca hablar y que me entretenga lo suficiente como para ir más contrarreloj. Descubrir que una vez más Bea "ha perdido" su abrigo. Comentarlo con Susi, bajar dos plantas hasta llegar al comedor, y buscarlo por allí. No encontrarlo entre tanta percha llena de babis, pero ver el de un compañero de su clase, y volver a subir para dárselo a otra preocupada madre, que agradecida, se empeña en darme su chaqueta para abrigar a Bea. Esperar ya que estamos de nuevo en clase a que se hayan ido todos los niños para con todas las perchas ya vacías, volver a comprobar que no está el dichoso abrigo. Mirar en el resto de clases del pasillo. Nada. Irnos ya, no sin antes pedirle a Susana que esté pendiente, pensando que ya hemos perdido demasiado tiempo.
Por cierto, días después, el abrigo, nuevo, estrenado este año, ¡no ha aparecido! Me temo que a alguien le gustó y le viene estupendamente, y no piensa osar traerlo de vuelta. Sin comentarios...
Llevo a Bea metiéndola prisa por la calle, entre otras cosas porque la clase de flamenco empieza a las 17.30, todavía hay que recoger a su hermano, y además, hace fresco para ir sin abrigo, intentando a la vez sonsacarle toda la información posible sobre si ha comido bien, si se ha portado bien, si se lo ha pasado bien, si se ha sentado bien. Y no basta con un ¿todo bien? Hay que asediarle a preguntas para obterner algún detalle de su día, sino, ella apenas comenta nada si no le ha llamado la atención o supone mención especial por haber sido ella o sus acciones las destacadas, no es lista ni ná mi hija. Vamos, que normalmente no se calla ni debajo del agua, pero de "su mundo sin padres" no suele soltar prenda, y suele omitir sobretodo lo que no le conviene. No sé cómo lo hace pero la conversación termina siendo intrascendente: por qué pita tanto aquel coche de allí (y yo le explico en qué consiste la odiada doble fila o aparcar en un vado)
Entretanto, subimos (por la escalera, porque se empeña y porque no tenemos tiempo de esperar el ascensor) a casa de mi padre para cambiarla de ropa y discutir unos minutos para que se ponga los leotardos, intentando convencerla de que aunque la falda flamenca sea larga, tendrá frío si no se los pone. En la desesperación, tras un ya demasiado largo "tira y afloja", acepto finalmente que no se los ponga, advirtiéndola que al minuto me los pedirá... Efectivamente. Ya con mallot y falda puesta, quiere los leotardos. Para no desnudarla de nuevo, se los pongo encima del mallot, a lo cutre. Con la falda no se aprecia (si no se la sube mucho "flamenqueando", claro está) Regañarla por ser tan cabezota mientras intento adecentarla el pelo. Ya en la puerta para salir, me pide un sandwich, de nocilla, como no. Volver a bajar diciéndole que se suba un pelín la falda para no pisarla con los tacones. Subirla al coche por fin. Conducir hasta la guardería y descubrir que no hay sitio para aparcar. Dejar el coche, a pesar de las advertencias de que no lo hagamos dadas las quejas recibidas en la guarde, en el vado de uno de los chalets de la calle, total, van a ser dos minutos. Volver a bajar a Bea, rezar para que no me recuerde la conversación mantenida sobre dónde se debe y no aparcar, y apremiarla hacia la guardería. Que las profes me "entretengan" (aunque aviso de que llevo prisa) y le hagan taconear, y agitar la falda, porque va monísima (aún con los leotardos "mal puestos") Achuchar a Javier, y salir niño y mochila en brazos, con otro ojo viendo cruzar a Bea, y al llegar al coche descubrir que el tío del chalet está un pelín cabreado por haber dejado el coche en su vado. Volver a sentar a Bea distrayéndola del acontecimiento para que no pregunte (hasta olvidé atarle el cinturón, menos mal que vamos cerca), sudar para sentar al peque haciendo brazos, y apenas pararme a discutir con el tipo, que tengo demasiada prisa. Llegar a la Escuela de Danza, mientras le pregunto a Javier qué tal su día. Al menos con el pequeño la conversación es más corta: ¿qué tal el día, cariño? "Bennnn". Fin.
Por cierto, días después, el abrigo, nuevo, estrenado este año, ¡no ha aparecido! Me temo que a alguien le gustó y le viene estupendamente, y no piensa osar traerlo de vuelta. Sin comentarios...
Llevo a Bea metiéndola prisa por la calle, entre otras cosas porque la clase de flamenco empieza a las 17.30, todavía hay que recoger a su hermano, y además, hace fresco para ir sin abrigo, intentando a la vez sonsacarle toda la información posible sobre si ha comido bien, si se ha portado bien, si se lo ha pasado bien, si se ha sentado bien. Y no basta con un ¿todo bien? Hay que asediarle a preguntas para obterner algún detalle de su día, sino, ella apenas comenta nada si no le ha llamado la atención o supone mención especial por haber sido ella o sus acciones las destacadas, no es lista ni ná mi hija. Vamos, que normalmente no se calla ni debajo del agua, pero de "su mundo sin padres" no suele soltar prenda, y suele omitir sobretodo lo que no le conviene. No sé cómo lo hace pero la conversación termina siendo intrascendente: por qué pita tanto aquel coche de allí (y yo le explico en qué consiste la odiada doble fila o aparcar en un vado)
Entretanto, subimos (por la escalera, porque se empeña y porque no tenemos tiempo de esperar el ascensor) a casa de mi padre para cambiarla de ropa y discutir unos minutos para que se ponga los leotardos, intentando convencerla de que aunque la falda flamenca sea larga, tendrá frío si no se los pone. En la desesperación, tras un ya demasiado largo "tira y afloja", acepto finalmente que no se los ponga, advirtiéndola que al minuto me los pedirá... Efectivamente. Ya con mallot y falda puesta, quiere los leotardos. Para no desnudarla de nuevo, se los pongo encima del mallot, a lo cutre. Con la falda no se aprecia (si no se la sube mucho "flamenqueando", claro está) Regañarla por ser tan cabezota mientras intento adecentarla el pelo. Ya en la puerta para salir, me pide un sandwich, de nocilla, como no. Volver a bajar diciéndole que se suba un pelín la falda para no pisarla con los tacones. Subirla al coche por fin. Conducir hasta la guardería y descubrir que no hay sitio para aparcar. Dejar el coche, a pesar de las advertencias de que no lo hagamos dadas las quejas recibidas en la guarde, en el vado de uno de los chalets de la calle, total, van a ser dos minutos. Volver a bajar a Bea, rezar para que no me recuerde la conversación mantenida sobre dónde se debe y no aparcar, y apremiarla hacia la guardería. Que las profes me "entretengan" (aunque aviso de que llevo prisa) y le hagan taconear, y agitar la falda, porque va monísima (aún con los leotardos "mal puestos") Achuchar a Javier, y salir niño y mochila en brazos, con otro ojo viendo cruzar a Bea, y al llegar al coche descubrir que el tío del chalet está un pelín cabreado por haber dejado el coche en su vado. Volver a sentar a Bea distrayéndola del acontecimiento para que no pregunte (hasta olvidé atarle el cinturón, menos mal que vamos cerca), sudar para sentar al peque haciendo brazos, y apenas pararme a discutir con el tipo, que tengo demasiada prisa. Llegar a la Escuela de Danza, mientras le pregunto a Javier qué tal su día. Al menos con el pequeño la conversación es más corta: ¿qué tal el día, cariño? "Bennnn". Fin.
Las 17.25 ya y no hay sitio para aparcar (¡aquí tampoco! ¿por quéeeee?) Volver a dejar el coche en cualquier sitio, bajar otra vez a los niños del coche, correr hasta la escuela. Allí, dejo casi en volandas a Bea al cuidado de otras mamás para que se encarguen de que entre en su clase, y volver corriendo al coche con el enano en brazos para intentar aparcarlo bien. Si antes costó que Javier fuera sentado y atado en su silla, el cabreo que tiene ahora es monumental. Yo también me enfadaría cuando me han sacado de la guarde hace apenas cinco minutos, y del coche hace apenas uno, y he dejado a mi querida tata en una clase de baile divertidísima en la que me gustaría participar. Me cuesta un rato conseguir aplacarle al menos para poder ponerle los cinturones. Doy unas cuantas vueltas por la zona en el coche amenizada con los gritos histéricos del enano. Por fin aparco. Pienso en dar un paseo tranquilamente con él, pero al final vuelvo a la escuela, primero, por la forma en que dejé allí a Bea, el resto de madres pensarán que estoy loca, me parece feo no volver. Segundo, porque aún tengo que pagar el mes. Ni acercarme a recepción cartera en mano pude. Javier prefería que le subiera en brazos para ver el loro, papagayo o lo que sea, bien de cerca. Darme luego la mano y estar un rato mirando los peces. Subir escaleras. Empeñarse en asomarse por la ventanita a ver bailar a su hermana, con claros deseos de entrar. Bajarlas otra vez. Aupa para ver el papagayo de nuevo. Ahora a los peces. Empujar a otro peque que se acerca aunque ni el pobrecillo le toque (esto da para otro post) Escaleras... Subo. Nos asomamos a ver a Bea. Bajo. Y mamá sudando. La hora de flamenco no se me pudo hacer más larga. Entre el tumulto de madres y niños que se forma en un espacio minísculo cuando salen del aula, intentar ponerles algo de abrigo (el de Bea no, claro, hay que convencerla de que al menos la sudadera, aunque "no pegue" con la falda), para ¿por fin? irnos a casa. Otra vez al coche. Subir (Javier se niega a entrar al ascensor, jugando) Y una vez en casa empezar otro periplo de juegos, recoger, perseguir, que me llamen, que me empujen para ir donde quieran (bueno, eso sólo el nano), baños, lavadora y/o secadora y/o plancha y/o fregar (mientras me siguen acosando), preparar mochilas, cenas... Y por fin acostar a Javier, o mejor dicho, conseguir que se quede tumbado en su cama y que se duerma, que ese también es otro tema (me lo dejo para otro día con otras muchísimas cosas que contar)
Hoy por "suerte" esa "pelea" le toca a papi, que yo me tengo que cambiar de ropa porque a las 21:00 voy a mi clase de ballet. Y mientras me subo al coche de camino por segunda vez en apenas unas horas a la Escuela de Danza (al menos a esas horas se aparca bien) me digo a mi misma que estoy completamente loca por embarcarme en tanto periplo. Pero enseguida lo olvido y disfruto feliz de mi hora de clásico como si ya no existiera nada más, es mi mundo, mi ratito para mi, aunque me suponga una tremenda paliza. Vuelvo a casa deseando ducharme, cenar, y sentarme a ver la tele, y tardo media hora en encontrar sitio para aparcar de nuevo. Pienso otra vez que todo ésto es una locura. Pero se me olvida de nuevo cuando a las doce, y aún con el pelo húmedo, caigo rendida en la cama y me duermo cuando apenas mi cabeza ha tocado la almohada... Un nuevo periplo empezará mañana. Aunque no haya flamenco, ni ballet, ni parque; aunque simplemente vayamos a casa en cuanto salís del cole... cada tarde es completamente agotadora.
Hoy por "suerte" esa "pelea" le toca a papi, que yo me tengo que cambiar de ropa porque a las 21:00 voy a mi clase de ballet. Y mientras me subo al coche de camino por segunda vez en apenas unas horas a la Escuela de Danza (al menos a esas horas se aparca bien) me digo a mi misma que estoy completamente loca por embarcarme en tanto periplo. Pero enseguida lo olvido y disfruto feliz de mi hora de clásico como si ya no existiera nada más, es mi mundo, mi ratito para mi, aunque me suponga una tremenda paliza. Vuelvo a casa deseando ducharme, cenar, y sentarme a ver la tele, y tardo media hora en encontrar sitio para aparcar de nuevo. Pienso otra vez que todo ésto es una locura. Pero se me olvida de nuevo cuando a las doce, y aún con el pelo húmedo, caigo rendida en la cama y me duermo cuando apenas mi cabeza ha tocado la almohada... Un nuevo periplo empezará mañana. Aunque no haya flamenco, ni ballet, ni parque; aunque simplemente vayamos a casa en cuanto salís del cole... cada tarde es completamente agotadora.
... Recuerdo esas tardes tranquilas en la oficina... Y aún así, mis niños, no las cambiaría por nada.
Pd.- Una mención especial a que cuando el yayo o Cris están para ayudarnos con tan complicadas logísticas, las tardes no se hacen tan "duras". Nunca estaré lo suficientemente agradecida, aunque necesite a la vez sentirme "independiente".


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