que no sé cómo explicar, que está siempre ahí, de fondo de tu alma, pero que en algún momento puntual, se intensifica, te eleva, te hace sonreir embelesada, te hace sentir con la fuerza de comerte el mundo, que hasta te da taquicardia por su intensidad. Es parecido, y a la vez muy distinto, a cuando te enamoras locamente. Me ocurrió hace un par de noches. Me había quedado dormida en el sofá, y como en sueños oí vuestros pasos, caminando por la casa buscándome. El balbuceo lejano de Javier recorriendo la cocina diciendo "¿ande tá? ¿ande tá?" No sé qué os desveló, ni qué hizo levantaros de la cama a los dos para buscarme por toda la casa, parecía un sueño. Y me dio un vuelco el corazón al incorporarme y veros, tan reales, tan bonitos, tan increíblemente maravillos; y sentí eso que llaman "amor de madre", un impulso increíble de besaros, abrazaros, y achucharos mientras os acostaba de nuevo, radiante de felicidad. Viví ese éxtasis un buen rato, desvelada ya en la cama, hasta que me volví a dormir - seguro que con una sonrisa enorme- pensando ¡cuánto os quiero, hijos míos!


No hay comentarios:
Publicar un comentario