Y a vísperas de cumplir seis meses, Javier, has caído enfermo por primera vez: laringitis con algo de bronco espasmo, un “completo” de estilsona y ventolín en el que éramos hasta ahora completamente novatos. Esta madrugada recordaba la impotencia de tus cólicos, que era verdad, se acaban casi olvidando, como si aquellos meses tan duros no hubieran existido. Esa frustración se recuerda de repente acunándote en brazos, sintiendo el calor de tu cuerpecito febril, llenándote de besos y caricias. Y de repente, nuestra vida de cuatro se desmorona por un día: tu papi y yo a la gresca, cansados e inquietos, se une a la impotencia de no verte sonreír, aletargado, sin voz, con esa tos que se clava en el alma. No eres tú, mi pequeño, tan inquieto y lleno de vida, siempre dispuesto a reír. Se suma a dejarte llorando a ti, Bea, queriendo venirte a casa con nosotros, hacer mías tus lágrimas, sintiéndome culpable por dejarte aun sabiendo que era mejor así; me estremezco cuando justo en el coche camino de casa suena la canción de "Carolina" que tanto te gusta, me sorprendo mirando hacia atrás, esperando verte en tu silla tarareando, comentando cualquier cosa, como siempre con tu parloteo incesante, llegar a casa y echarte tanto de menos. Preguntarme qué pensará una niña de tres años que podría verlo como una preferencia hacia su hermano pequeño. Comprender que aunque quiera en ocasiones no podré daros a ambos a la vez lo que me gustaría, y ver lo duro que es dividirse entre los dos, porque cada uno, de forma diferente me llenáis y os necesito conmigo, a ambos. Y que los dos, enfermos o no también necesitáis siempre esos mimos, sentiros parte de esa rutina que también era cierto, era necesaria, y ayer nada era lo mismo. Esta mañana ya parecías mejor, Javier, y tu sonrisa, sumada después a la de tu hermana cuando la he recogido para desayunar y llevarla al cole hacen que el día seguro sea mejor que ayer...


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