Hace unos días estuve releyendo el principio del blog, allá por 2007, y me sigo emocionando. Me siento distinta. Algunas dirían que más práctica, menos etérea, y…algo, solo algo, menos moñas. Supongo que es normal, evolucionar según pasan los años, según tienes más hijos (y más trabajo), y que hasta la forma de escribir sea diferente. Con más prisas, más experiencia, menos pormenores.
Pero percibo que he perdido la esencia de contar cosas más profundamente de vosotros, y en cierto modo me siento culpable, sobretodo por Javier. Beatriz fue la primera experiencia, y me explayé en cada minúscula pincelada, mientras que de mi pequeño no he detallado tanto. De cómo es, lo que me hace sentir. De este pequeño cabezón que quiso ser Aries, del que empiezo a notar cierta sensibilidad (otro más, lo que es la herencia), que se preocupa con dos años de todo a su alrededor ¿estás bien. Bea? ¿Qué te pasa, papá? ¿Por qué llora esa nena, mamá?, mientras que se para a comprobar si deja de llorar, porque cotilla también es un rato. Y así empieza a expresar poco a poco sus emociones. Es otro bicho imparable e incansable, de poco dormir (por qué, ¿por qué me tocaron así los dos?) Cabezota. No sé si tanto o más que Bea (ni compararles quiero, pero que tiemble Troya con sus peleas) Es mimoso. Aunque a priori parezca un brutote, que lo es, y hace daño hasta dando besos. A veces me agarra la cara con tal éxtasis de amor que me marca la cara. Corre a abrazarme con tanta fuerza que me tira literalmente de culo. Sé que me adora. Y aunque a veces me cansa su mamitis extrema, me encanta que me idolatre. Me siento especial gracias a él.
Pero lo que más me llama la atención y quiero destacar hoy, para bien o para mal, es lo maniático que es con sus 28 meses. Por el lado bueno, detecto en él cierto “orden” que me intriga para lo pequeño que es: la forma en la que coloca las cosas, su preocupación si derrama una gota al suelo, o si se le cae el babero mientras come. Por el lado menos bueno, manías tontas que unidas a su cabezonería hacen que tenga que ser así sí o sí: que use una determinada toalla para secarle; si lleva chaqueta tiene que tenerla abrochada; no quiere una galleta si está rota, aunque sea un mínimo trocito, o que cuando pida agua ya estando en la cama, tenga que sentarse de una forma particular, haciendo que sus pies toquen la barrera protectora. Hasta que no se coloca perfectamente, no coge el vaso. Es metódico en sus costumbres, pero seguro que tenemos alguna que otra pelea con tanta manía, y las que estarán por venir. ¿Son todos los niños igual de maniáticos? Bea dentro de su tenacidad, de sus cabezonerías, es más dada a la improvisación… más papá, supongo. De todas formas el enano también tiene a quién parecerse: sé de una mami querida que aún se contraría si le cambian algún plan estimado, o si hay algún imprevisto… con treintaytantos. Por suerte yo no me echo a llorar ni pataleo (aunque a veces me gustaría)


No hay comentarios:
Publicar un comentario