Aprovechando la festividad del
jueves 15 de agosto, me pedí también el viernes libre, y ¡gualá! Han sido sólo cuatro días, pero me han sabido a “largo”, a
otro parón vacacional. Desconecté del todo, con sensación de haber estado más tiempo sin venir a trabajar, unos días lejos de la rutina, de la sensación de soledad,
del bullicio de la ciudad vacía. Y sé que todo tengo que agradecérselo a volver “allí”, a esa paz, a ese
silencio con aroma a césped mojado; tener la extraña sensación de que no hubiera
pasado el tiempo, a la vez que la de haber regresado a un sitio conocido antaño, en el que todo está igual, pero nada es lo mismo; cierta curiosidad observando el avance del tiempo, añoranza, y muchos, demasiados recuerdos. Ahora
siento que sin saberlo lo necesitaba. Que si lo incentivé era porque sin querer
lo deseaba. No sólo por pasar por fin tiempo con ella, y por ver a mis dos
pequeños allí, correteando "culetes al aire" por el jardín; también por mi, por
sentir esa paz melancólica y “reencontrarme”, con cierto “nerviosismo tranquilo”,
con mi pasado y mi presente a la vez. No sé explicarlo mejor.
En cuanto a lo que se refiere a vosotros, lo habéis
disfrutado tanto… A los cinco minutos, Javier, parecía que habías estado allí
toda la vida, con las motos, los juguetes, huyendo de la manguera, subiendo
despacito las escaleras, poniendo en fila todos nuestros viejos "pin y pon". En la piscina, que no puedo recordar la última vez que
pisé, ¿hace cuánto? ¿13 años? De largas
siestas, de libertad en el jardín… De mimos, muchos mimos. Ayer por la tarde,
ya de regreso en casa, de repente me sentí tan sola otra vez... Pero la tristeza no volvió, se debió
de quedar por el camino.
El verano continúa...



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