Una vida se compone de rachas. Ya sean buenas, mejores, regulares, siempre van y vienen: ni la estabilidad total (ni la felicidad plena) existen. Yo llevo sumergida en una de esas malas rachas, por momentos sólo regular, mucho, demasiado tiempo ya. Y con ello, la desgana de subir todas las fotos pendientes, o de escribir cosas bonitas en este blog. Ni me apetece ni tengo inspiración suficiente. Pero llevo unos días pensando que vosotros, mis pequeños, aunque a veces "paguéis el pato" con mi impaciencia y mis enfados trasladados a lo que más quiero, no tenéis la culpa de nada. Al contrario, sois lo único que me sostiene en mi mala racha, mis dos maravillosos pequeños pilares. Lo único por lo que merece verdaderamente la pena vivir, lo único que tiene sentido
Vosotros... con vuestros interminables parloteos, uno de ellos pura imitación del otro. Con vuestras risas, vuestras carreras por toda la casa, vuestros juegos, vuestros casi idénticos "mamiiiiii". Con vuestros mimos, que a veces se tornan casi mordiscos, con esa dependencia que de diferentes maneras tenéis los dos de mamá.
Últimamente no puedo evitar pensar qué será de mi cuando no tenga todo esto. El vacío será insustituible. Y ya sé que me quedan muchos años, pero el tiempo pasa deprisa, demasiado, y siento que ahora mismo me pierdo muchos momentos de disfrutaros de verdad. De retener la que debería ser la mejor etapa de nuestra vida familiar.
Sé que es un post triste en el que tampoco estoy contando gran cosa, ni anécdotas que hayamos vivido últimamente, ni nuevas cosas aprendidas. Pero este blog nació con y para vosotros, y si en el algún momento estáis leyendo ésto, en ese futuro donde inevitablemente no seréis ya mis pequeñines, quiero que sepáis que para mi seguiréis siendo siempre esos pequeños pilares que dan sentido a mi existencia. Lo más importante de mi vida. Gracias, mis pequeños.


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