No es que sea un elección, nuestras tardes se dividen prácticamente al cincuenta por ciento, lunes y jueves (a veces viernes también), parque, martes y miércoles, ballet.
Reconozco que estaba deseando que llegara el calor y el sol para poder llevaros al parque las tardes “libres” en lugar de meternos en casa y acabar desesperada a veces porque llegara la hora de acostaros. Necesitabais aire, correr, jugar, rebozaros en la arena… y yo también necesitaba veros felices disfrutando de la primavera. Peeeroooo. Reconozco que a los dos días de estar en el parque ya me aburro tanto como lo agradezco. Y no precisamente porque no haya nada que hacer… A ti, Bea, casi ya no hay ni que mirarte (igual que tú ni me diriges la mirada desde que llegamos), ya eres una niña mayor y “responsable”. No sé si digo bien lo de “niña”, ni lo de "responsable", porque allí te juntas con tus amigos del cole, y aunque nunca has sido la típica niña-princesa, con los amiguitos ya te embruteces por completo. Salvajadas que no me voy a parar a contar aparte, el que sigue siendo incontrolable en el parque es el pequeñajo. Que te llenes más o menos de arena, hasta en las orejas, se sobrelleva, pero no hay que quitarte ojo por si arrancas de la mano de un niño el coche (cómo no) de turno que se te antoja, aunque nosotros hayamos llevado el set completo. Siempre mola (por cierto, ¡dices mola!, copiando a tu tata) más lo de los demás. Que no empujes, o eches arena a otro niño. Que no desaparezcas sin más corriendo detrás de una pelota, o porque hayas visto un perro con el que jugar, o de repente te dé por salir del parque para ver una moto, coche, camión o grúa de obra, que te encanta (que tiemblen los jubilados observando obras, tú les ganas) Sumado claro, a ir limpiando de vez en cuando el moquillo, subirte al tobogán al que no llegas, y rezar para que no te rompas la cabeza, empujarte en el columpio “de mayores” en el que ya te sostienes (aunque también rezo para que no te caigas hacia atrás) Además… pobre mío, te empeñas en jugar con tu hermana como estás acostumbrado. La persigues corriendo, la llamas a grito pelaó (tata, “¡¡¡Bebaaaaaa!!!”)… pero ella, estupenda hermana mayor normalmente, ni caso te hace emocionada jugando con sus amigos, los grandes. Intento que te hagas amiguito de otros niños de tu edad, pero de momento, no estás por la labor. Tata, tata, tata….
Los días de ballet… Ya he contado el trasiego que supone ir corriendo primero: recogerte, Bea, cambiarte, darte la merienda, peinarte, llegar a la escuela, aparcar, dejarte, ir a por tu hermano a la guarde, y todo en tiempo record; para después esperar a que salgas de clase, pacientemente después. Pero es que cuando tengo que estar con Javier allí una hora (normalmente más, porque Tere, nuestra profe, se alarga un ratito)… se hace eterna. Que me subas en brazos para ver al papagayo Riki, que ahora quiero subir escaleras, bajar, que no, que yo solo puedo, salimos a la calle, que quiero mojarme en la fuente, que ahora no quiero volver a entrar en la escuela, aupa otra vez a ver a Riki, subimos, que quiero ver a mi hermana bailar, mamá, puerta (explicarle que no se interrumpe una clase…) Agotador. Y después es cierto, que ahora que hace solecito, nos quedamos "las chicas" de la escuela un ratito de charla fuera, mientras vosotros jugáis, y al final hasta cuesta trabajo irse a casa...
Así que estaba pensando cual de las dos opciones prefiero… y me quedo con las dos. Porque después de todo esto, no cambio mis tardes con vosotros por nada. Porque lo que importa es que seáis felices, y es la forma en la que lo soy yo también. Me encanta veros jugar radiantes, aunque destrocéis los zapatos y no se vea el color de la ropa cubierta de polvo. Aunque acabé agotada. Y me encanta verte bailar, Beatriz, hincharme de orgullo viendo tu gracia, y soñar con que mis sueños (valga la redundancia) de dedicarme al ballet, si tú quieres, se cumplan en ti. O compartir esa pasión contigo, simplemente, y que pueda ser un motivo más de unirnos como madre e hija.
Por cierto, reitero mi felicidad de cada martes cuando voy a mi clase de ballet y vuelvo a revivir durante "ese rato tan mío" esa ilusión por bailar. Gracias también a ti, Teresa Petrescu, si me estás leyendo, y sino, también. Eres una maestra y persona maravillosa y te debo una buena parte de cumplir ese sueño ¡Gracias!
PD.- A quien leyéndome piense que vuelvo a estar muy ñoña últimamente, lo admito. Pero curiosamente, vuelvo a sentirme inspirada y con ganas de volver a escribir más a menudo ;)



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