Más allá de la desesperación de que lleves tres fines de semana que te niegas a dormir la siesta por mucho sueño que tengas (que el domingo hasta se te cerraban los ojos comiendo) y que cueste Dios y ayuda conseguir que te duermas y mantener la paciencia durante una rabieta eterna (que normalmente ni planteárnoslo, y aguantas despierto, ¡vaya si aguantas!)
Más allá de añadir otra desesperación más cada noche, con la moda/juego de levantarte unas cien veces después de haberte acostado. En apariencia te quedas tranquilito, tumbado tras darte agua , llenarte de besos, arroparte, y cómo no, ponerte la música de "mamá pata". Pero al minuto ya estás bajándote de la cama, y recorriéndote la casa. Que hasta me sobresaltas la mayoría de las veces apareciendo tan pequeño en silencio, cual fantasmita en cualquier estancia (no te veo apenas por encima del respaldo del sofá) Simplemente vas a buscarme, me tiendes la mano, y te encaminas tirando de mi a la habitación a que te acueste de nuevo. Un nuevo beso, arroparte, música... sí, ahora seguro que caes, si hasta te has acurrucado hecho un ovillo... Pero no. Al minuto te encuentro otra vez en la cocina, en el salón, o parado en la puerta mirándonos. Más de una hora el trasiego ayer, que hasta pensé en volver a montar la cuna. Desespera, frustra, cansa muchísimo (y no por los metros caminados del salón a la habitación, de la cocina a la habitación, y viceversas) Porque da igual lo que te diga, el tono, que te regañe... No lloras, no te inmutas. En cierto modo pareces un sonámbulo del que sigo su juego. Y me atacas los nervios progresivamente con cada paseo.
Peeeroooooo... al final no puedo evitar una sonrisa: ya lo has hecho varias veces pero que sea así, en la noche, me hace gracia. Las dos últimas veces que te levantaste anoche no fuiste directamente a buscarme: antes pasaste por la cocina, ¡por el armario de las galletas! abres, te sirves, cierras, ¡tan contento! Sueles cogerlas a pares, aunque después no te acabes ninguna, ambas mordisqueadas. Es inevitable sonreir viendo a un mico de tu tamaño con ese desparpajo. Hambre no creo, porque te has puesto morado en la cena. Pero esta vez sí, volvimos a la cama ¡y por fin te quedaste!
Peeeroooooo.... No acaba ahí la historia, mi pequeño... Andaba yo está mañana, antes de despertaros, preparando el desayuno de tu hermana como siempre en la penumbra, cuando (otro susto) apareces de nuevo por la cocina con toda naturalidad y tan campante, y dices al aire en un susurro (porque ni me miras) "quieo gaetaaaaa, quieo gaetaaaaa" Y te vuelves a servir como si no hubiera habido noche de por medio. A partir de ahora, mi pequeño Triki.



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