En este puente extraño (al fin y al cabo yo estoy "trabajando" día sí, día no, día sí, día no, día sí...) ya estoy en proceso de realizar todas las tareas del post anterior. Sobretodo en ilusionarme, o al menos intentarlo, conteniendo muy mucho la melancolía, escondiéndola todo lo que puedo (ésto contrasta con que precisamente lo que menos me guste de las fechas sea el cinismo, pero es lo que hay...) Y es que estos días de "puente" siempre han sido el anticipo de las Navidades, de hacer cosas en familia: el viernes visitamos a los bis; el domingo, con la yaya Blanca, fuimos al teatro a ver a la Abeja Maya (lloraste para entrar y al final lloraste para salir), a comer, ver juguetes y a dar una vuelta por la Plaza de Felipe II, con los ya tradicionales trenecitos y tienda de adornos. La despedida fue triste, Bea, tú te ponías a llorar y a la yaya también le costó contenerse. Confieso que yo también tuve que hacerlo (contenerme), despejar la mente y seguir "palante", sobretodo por vosotros...
Ayer pusimos el árbol en casa, cada año digo que será el último que lo pongo, porque siempre me pone nerviosa y acabamos discutiendo (me parece un rollo y un lío sobretodo lo de poner las luces), sumado a que tú, Bea, eres muyyyy impaciente, y no habíamos ni acabado de estirar las ramas cuando ya querías colgar las bolas, no sé ni cuantas veces preguntaste. De todas formas reconozco que tengo que asumir de una vez que la vida no es una película en la que todo sale perfecto, que no siempre lo que esperamos, soñamos o imaginamos tiene que ser un momento idílico donde todo son risas y alegría, porque creo que mi problema es ese, querer siempre la perfección y "emberrincharme" cuando las cosas no salen como imagino (de todas formas me gustaría hacerme con un árbol de esos que ya traen las lucecitas incorporadas, jeje) Ya tenemos también el traje de pastorcilla, ayer comimos con el yayo y la tita por su cumpleaños, y nos fuimos, como también es tradición, en autobús al centro, a dar una vuelta, a ver el ambiente, las luces, la Pza. Mayor, compramos lotería y vimos el Cortilandia. La verdad es que no nos cundió mucho, había demasiada gente, caminar en procesión era agobiante, tanto que me prometí no volver ni un año más. Pero viendo vuestras caritas, los ojos iluminados sin saber dónde mirar por no perderos nada... hace que al final me olvide de esas promesas y me de igual el agobio. Igual que veros contemplando el árbol montado en casa (en tu caso Javier, gateando bajo él y quitando todos los adornos de las ramas de abajo, feliz) hace que esté deseando ponerlo el próximo año; o mejor aún, ¿y si no lo quitamos?
¡No crezcas más, por favor!


No hay comentarios:
Publicar un comentario