Y por fin, ¡por fin! se acabó el mes que debería llamarse “Eterno”.
Por fin también acabó (diciéndolo bajito) lo que denominé la crisis 5.45, que no es ninguna aplicación molona, sino la hora a la que te estuviste despertando, Javier, durante una larga (¿eterna?) semana. Ni a las cinco y media ni a las seis, sino misteriosamente a las 5:45, ni un minuto más, ni un minuto menos. Entre semana fastidia perder esa última hora de sueño, pero el sábado o el domingo, simplemente me sentía ridícula encendiéndote la tele sin abrir apenas el ojo, y volviendo a la cama, mientras un maniaco que no ha cumplido los dos años acampaba (y creaba su propio campo de batalla) en el salón. Llegué a observar detenidamente si había algún hecho extraordinario que causara tal efecto. Ni aprecié gallo alguno en la zona, ni foco que justo apuntara a vuestra ventana a esa hora, ni seismo (grado 5.45), huracán, o fenómeno apreciable. Será que tiene hambre, e intensifiqué tus cenas. Será que le despierta el frío, y programamos la calefacción media hora antes. Será que tiene calor, y te descubro perfectamente destapado. Hoy en día sigue siendo un misterio digno de Cuarto Milenio (igualito que el caso del abrigo "perdido" en el cole) Por suerte ya pasó, aunque sigues teniendo algún desvelo de madrugada, y tampoco es que duermas cual lirón, que el madrugón sigue ahí, y a veces apareces al lado de mi cama a cualquier hora y cual fantasma. A veces tengo tal estado de inconsciencia que te meto a mi lado en la cama, te paso un brazo por encima, y no recuerdo nada más…. Sigues siendo inestable con el sueño, pero bueno, habrá que tener paciencia (más). Tan pronto te estás quedando frito cenando, que te acostamos sin enterarte y damos palmas con las orejas; como otras noches, y aunque sea la misma hora, toca juerga, mil paseos a la cama, regañinas sin efecto, y en definitiva un trasiego sin fin. Hasta que de repente, sin más, caes.
Problemas de sueño aparte, reitero, estás graciosísimo. Vas parloteando más, la novedad es llamarte a ti mismo “Pepe” (que no sé de dónde sale) o “Vivi” (¿Javivi?) Contestar “valeee”, cuando se te pregunta algo con esa terminación. “Hablar” con tus abuelos por teléfono, si se puede denominar hablar a repetir continuamente “Hola yayaaaaa”, “Hola yayoooo”, “Hola yayaaaaa”… También nombras a “Ema” (Gema), a Pablo….Hemos cambiado el greatest hit de “Cosquillas” por el “Pipipi”: En el coche de papá… Vamos de paseo… Pi pi piiii. Me encanta oírte cantarla a tu manera y en cualquier momento.
Pero también cualquier día te nos rompes la cabeza porque eres un trasto en potencia. Esta mañana papá te ha pillado colocando un puff estratégicamente, para subirte a él y encaramarte al sofá por la parte del respaldo. Tienes unas ocurrencias, mitad imitación de tu hermana, mitad cosecha propia que asustan. Eres un brutito mimoso, si se me permite esa extraña combinación de apelativos.
Y mi princesa… Qué puedo decir de mi princesa. Mi rebelde encantadora. Que me hace sonreír con cada ocurrencia, con sus salidas; que a la vez me desespera cuando remolonea para recoger, o cuando tarda siglos en desayunar (y en comer, y en cenar…). Hasta sus amenazas “me voy a ir de casa, a otro país” o “me voy a buscar otros papás” me hacen cierta gracia (de momento). Aunque empieza a preocuparme cómo puede afectarte darte cuenta de todo, de una discusión, de un tono, de un determinado gesto, de algunas frases. Tenemos que tener más cuidado, porque realmente me preocupa cómo puede afectarte cualquier cosa que percibes. Ayer decías que si quería más a Javier porque según tú "le trato mejor", supongo que es lógico que preguntes cosas así, pero hay que hacerte ver que no es de esa forma. Que simplemente no se le puede exigir lo mismo que a ti, por edad, pero también luchamos, y mucho, con él.
Reconozco que hay días que me acuesto sintiéndome “culpable” de no haberos achuchado, besado, dicho lo mucho que os quiero lo suficiente, ya sea por cansancio, desesperación o porque tenga un día malo en el que ni os aguanto, ni me aguanto yo, esos días en los que la paciencia y la mano izquierda brillan por su ausencia. Muchas noches me pregunto si sois felices, si sabré daros una infancia feliz, una vida sino maravillosa, lo mejor posible. Al menos soy consciente de ello e intento compensarlo en cuanto tengo la ocasión. No quiero que os quepa la menor duda de que os quiero, os quiero igual y con locura a los dos, mis pequeños, y que a pesar de todo, lo hacemos lo mejor que sabemos. O lo mejor que podemos, que no siempre es lo mismo.


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